¿POR QUÉ?

La Conferencia Episcopal Española, entre los años 2016 y 2020, viene desarrollando un Plan Pastoral bajo el título “Iglesia en misión al servicio de nuestro pueblo”, inspirado en la llamada a la conversión misionera que el Papa Francisco ha propuesto a la Iglesia (EG 30). El Plan de Pastoral prevé, a la finalización del mismo, la celebración de un Congreso, al que se convocará a todo el Pueblo de Dios –obispos, presbíteros, consagrados y laicos–. En la Asamblea Plenaria de abril de 2018, los obispos decidieron que el mencionado Congreso se centrase en el tema del laicado y encargaron la organización a la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar de la CEE.

¿PARA QUÉ?

Por ello, el objetivo general del Congreso es impulsar la conversión pastoral y misionera del laicado en el Pueblo de Dios, como signo e instrumento del anuncio del Evangelio de la esperanza y de la alegría, para acompañar a los hombres y mujeres, en su camino hacia una vida más plena. El Congreso, así como su preparación previa y su desarrollo posterior en las diócesis, ha de servirnos para:

1. Tomar conciencia de la vocación bautismal del laicado para la misión.

2. Promover “la caridad política”.

3. Transmitir, desde el discernimiento, una mirada de esperanza ante los desafíos de nuestra sociedad.

4. Fomentar la comunión, como Pueblo de Dios.

5. Visibilizar la realidad del laicado.

CLAVES DE FONDO

Durante este proceso tendremos en cuenta las siguientes claves de fondo:

  • Escuchar al laicado.
  • Vivir y practicar la sinodalidad y la corresponsabilidad, como Pueblo de Dios.
  • Ejercitar el discernimiento a la luz de la Palabra que transmite y vive la Iglesia.
  • Promover una cultura del encuentro frente a la cultura del descarte.
  • Impulsar un laicado en salida y alegre. Será un proceso caracterizado por tres notas:
  • Sinodalidad: caminar juntos.
  • Discernimiento de la misión de la Iglesia.
  • Espiritualidad (EG 280).

¿CÓMO Y CUÁNDO?

Proponemos un proceso en 3 etapas:

1ª etapa (Pre-Congreso) que se realizará en el ámbito diocesano. Se propone
trabajar el documento “Un laicado en acción” en grupos. Esta fase acabará en un Encuentro diocesano. Con las apor- taciones de las diócesis se elaborará un Instrumentum Laboris.

2ª etapa (Congreso de Laicos), que se celebrará entre el 14 y el 16 de febrero de 2020, en Madrid. Se trabajarán, en grupos, cuatro itinerarios fundamentales: Primer Anuncio, Acompañamiento, Procesos Formativos y Presencia en la Vida Pública. El congreso tendrá dos líneas transversales fundamentales: La Sinodalidad y el Discernimiento.

3ª etapa (Post-Congreso): se concretarán propuestas y líneas de acción que impulsen y dinamicen el laicado, en el ámbito de las diócesis.

UN LAICADO EN ACCIÓN

CUESTIONARIO DE REFLEXIÓN

cuestionario-reflexion

La primera fase del congreso es la diocesana, en la cual trabajaremos el documento “Un laicado en acción: vivir el sueño misionero de llegar a todas las personas” en esta página web están disponibles los cuestionarios para responder una vez trabajamos los temas. El cuestionario está pensado para ser tratado en tres sesiones, os recomendamos que una vez finalizadas se rellenen los cuestionarios y sean enviados a la vez.

Podéis encontrar más información sobre el Congreso y materiales para prepararlo en la web www.pueblodediosensalida.com.

El 9 de noviembre recogeremos lo reflexionado en un encuentro diocesano en Valencia donde se llevará a cabo una síntesis de las aportaciones que servirán de referencia para la elaboración de un Instrumento Laboris del Congreso de Madrid por parte de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar (CEAS)

PRIMERA REUNIÓN: RECONOCER ES LO PRIMERO

 

El primer paso para el discernimiento lleva a reconocer. En este punto haremos una sencilla valoración del camino recorrido en nuestra Iglesia española respecto al laicado en los últimos años y presentaremos algunas preguntas que puedan servirnos para el diálogo.

 

En Iglesia en misión al servicio de nuestro Pueblo se nos invita, a la hora de reflexionar sobre el papel de la Iglesia, a empezar por nosotros mismos, por nuestra propia responsabilidad, haciéndonos algunas preguntas: ¿Creemos de verdad en la eficacia y en la necesidad del Evangelio para el bien de nuestros hermanos? ¿Estamos haciendo todo lo posible para que nuestro pueblo crea en Jesucristo y viva con alegría las riquezas de los dones de Dios? ¿Acaso no hemos caído en la desconfianza, el desaliento, el conformismo, la comodidad, la pereza, el pragmatismo, el pesimismo? Ciertamente la mundanidad espiritual, la ruptura de la comunión entre nosotros y la falta de conversión influyen negativamente en el ejercicio de nuestra misión de hacernos presentes ante las necesidades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo (Plan Pastoral, 27).

Reconocemos avances y dificultades

Todos estos temas los vemos presentes en nuestra realidad eclesial. Fijando nuestra mirada en los laicos y su misión, cuando nos acercamos al camino realizado en los últimos años en nuestras diócesis, estamos obligados a reconocer avances pero también encontramos algunas dificultades. Proponemos llevar a cabo una lectura reflexiva de unos y otras y profundizar en cómo afectan a nuestras propias vidas.

 

Sería prolijo detallar los avances respecto a la conciencia e implicación en la misión del laicado.

 

Hagamos un breve resumen de ellos:

⇒ va creciendo la conciencia de la responsabilidad del laicado en la misión;

⇒ aumenta el sentido evangelizador entre el laicado;

⇒ existe un laicado que ejerce diversos servicios eclesiales;

⇒ otros se comprometen en causas sociales, políticas o culturales;

⇒ han florecido nuevos movimientos laicales impulsados por el Espíritu;

⇒ ha crecido en el laicado la conciencia de tener un carisma y misión;

⇒ se han dado grandes pasos en la formación laical;

⇒ además se ha crecido en el laicado asociado.

 

Pero no faltan dificultades. En este texto recogemos algunas:

⇒ se percibe una pérdida de esperanza en algunos ante la complejidad de la misión;

⇒ también se percibe falta de comunión entre movimientos, asociaciones y parroquias, lo que provoca un debilitamiento de la vida comunitaria;

⇒ otro de los males que nos acecha es el clericalismo;

⇒ nos sentimos desorientados antes los cambios antropológicos relacionados con la corporalidad y la sexualidad;

⇒ el ambiente digital se convierte en un difícil reto;

⇒ está por hacer la reflexión sobre el papel de la mujer en la Iglesia;

⇒ a veces discutimos sobre cuestiones intraeclesiales y no hablamos de los grandes problemas sociales (paro, pobreza, vivienda…);

⇒ sigue faltando formación, en especial sobre la Doctrina Social de la Iglesia;

Luces y Sombras

Al mismo tiempo, saliendo del ámbito eclesial, hemos de partir del hecho de que también el mundo tiene sus luces y sus sombras; unas y otras terminan afectando a la Iglesia y a la forma de pensar de sus miembros. El Plan Pastoral Iglesia en misión al servicio de nuestro pueblo recogió con acierto algunas de ellas.

 

En concreto, respecto a las sombras, hablaban nuestros obispos de:

⇒ La poca valoración social de la religión;

⇒ Una cultura que ha insistido en una exaltación de la libertad y del bienestar material según nuestras conveniencias;

⇒ El predominio de una cultura secularista;

⇒ El deslizamiento del subjetivismo al relativismo;

⇒ Una cultura del “todo vale” y del descarte;

⇒ Y también la propia responsabilidad que como cristianos tenemos en el proceso de descristianización.

 

Ello no impide, sin embargo, reconocer algunos motivos de esperanza. El punto de partida es que la humanidad es fruto del amor de Dios: “La razón fundamental y decisiva para nuestra esperanza es la fidelidad y el amor de Dios. Él quiere que todos los hombres se salven y lleguen a la felicidad de su gloria (cf. 1 Tim 2,4). Él es el principal protagonista de la historia de la salvación” (Plan Pastoral, 29). Entre las luces, destacamos las siguientes:

⇒ la creciente valoración de la dignidad de la persona humana;

⇒ el gusto por la libertad;

⇒ la exaltación de la solidaridad;

⇒ la experiencia de la unidad del género humano;

⇒ la rebelión contra la injusticia y la intolerable pobreza de tantos millones de personas;

⇒ el amor y el cuidado de la naturaleza, la casa común del ser humano y regalo de Dios;

⇒ los buenos servicios de Cáritas, Manos Unidas y otras instituciones eclesiales, que han mejorado la imagen de la Iglesia.

 

Estas actitudes pueden favorecer el descubrimiento del valor perenne y definitivo del Evangelio de la salvación de Dios. Por otra parte, la misma experiencia del mal que sufre el hombre cuando se aleja de Dios puede preparar una reacción de arrepentimiento y auténtica religiosidad. Tiene que llegar un día en que los que se fueron de la casa del Padre sientan la necesidad de encontrarse con el abrazo misericordioso de Dios: «Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre» (Lc 15,18). Con su buen sentido, mucha gente está ya viendo cómo el abandono de la Ley de Dios no trae la felicidad, sino que aumenta el sufrimiento (Plan Pastoral, 30).

PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN

 

Tomando como referencia el contexto que hemos analizado en esta primera reunión, ante la necesidad de identificar los aspectos positivos y negativos, que constituye el punto de partida de nuestra misión, reflexionemos sobre las siguientes cuestiones:

Nombre y Apellidos

Parroquia/Movimiento

Número de participantes que habéis hecho la reflexión

Correo electrónico

1. ¿Qué aspectos positivos observamos en nosotros mismos y en nuestro entorno que nos indican que estamos en el camino hacia la tarea de ser una Iglesia misionera?

2. ¿Qué dificultades hemos de superar aún en nuestra Iglesia?

3. ¿Qué signos positivos y negativos encontramos en el mundo de hoy y son una llamada para las comunidades cristianas?

Las respuestas al cuestionario pueden ser enviadas hasta el 27 de octubre de 2019

La Inscripción a la Jornada del 9 de Noviembre en el siguiente enlace https://docs.google.com/forms/d/e/1FAIpQLSfmSERsMaQvsW-UoeKHyvKZ3uQTdpX-KWUQN5Hj8VOL9wohcw/viewform

SEGUNDA REUNIÓN: INTERPRETAR A LA LUZ DEL ESPÍRITU

 

En este punto queremos ofrecer algunos criterios de iluminación. Con esta finalidad haremos una referencia al magisterio del papa Francisco y, en este sentido, propondremos como criterios fortalecer una antropología laical y avanzar en una eclesiología misionera. Plantearemos después algunas preguntas que puedan servir para el diálogo y escucha mutua.

El magisterio de Francisco

Todos somos conocedores de la importancia que el papa Francisco otorga a la teología del Pueblo de Dios. En la carta dirigida al cardenal Ouellet decía: “Mirar al Pueblo de Dios, es recordar que todos ingresamos a la Iglesia como laicos. El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo. Por él y con la unción del Espíritu Santo, (los fieles) quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo (LG 10) Nuestra primera y fundamental consagración hunde sus raíces en nuestro bautismo. A nadie han bautizado cura, ni obispo. Nos han bautizado laicos y es el signo indeleble que nunca nadie podrá eliminar. Nos hace bien recordar que la Iglesia no es una élite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios. Olvidarnos de esto acarrea varios riesgos y deformaciones tanto en nuestra propia vivencia personal como comunitaria del ministerio que la Iglesia nos ha confiado. Somos, como bien lo señala el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, cuya identidad es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. El Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo, por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción”.

Dos criterios fundamentales

El Concilio presentó en positivo el significado y alcance de la vocación laical: incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercemos en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que nos corresponde (LG 31).

 

En este sentido, lo propio de esa llamada es precisamente el “carácter secular” (ChL 15). Nos ilumina el bautismo. El bautismo está en la base de toda forma de vida eclesial. Toda persona bautizada, cualquiera que sea su vocación, vive la misión desde la eclesialidad y la secularidad. El fiel cristiano laico concreta de manera propia y particular estas dos dimensiones. Pero la dimensión secular no es tanto un dato sociológico sino más bien una perspectiva teológica porque sitúa al laicado en su vocación que lleva inseparablemente una misión. ”La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo” (EG 273).

 

En esta cita aparece con fuerza la vocación y la misión. La vocación es un pilar antropológico. La vocación unifica la persona. Hay formas diferentes en el seguimiento de Jesús. “Las vocaciones eclesiales son, en efecto, expresiones múltiples y articuladas a través de las cuales la Iglesia cumple su llamada a ser un verdadero signo del Evangelio recibido en una comunidad fraterna. Las diferentes formas de seguimiento de Cristo expresan, cada una a su manera, la misión de dar testimonio del acontecimiento de Jesús, en el que cada hombre y cada mujer encuentran la salvación” (DF 84).

 

La vocación y la misión son la cara y la cruz de la misma moneda. Hasta ahora hemos hablado de la vocación como del pilar donde se asienta la vida cristiana. Unido a este pilar hay otro que es la misión. “Yo soy una misión”. La misión está dentro de la expresión ‘yo soy’, afirmación típicamente antropológica. La antropología del don, iluminada desde la misión, lleva hasta la salida de sí: ser para los demás y con los demás. La pregunta fundamental que hemos de hacernos no es quién soy yo, sino quién soy yo para los demás. En este sentido, la antropología del don tiene un carácter profético en un mundo que se asienta en una antropología de la indiferencia: “nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe” (EG 54).

 

Vocación y misión se concretan, en expresión del Papa Francisco, en el deber de vivir nuestra fe como “discípulos misioneros”: “[c]ada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores cualificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados” (EG 120).

 

Estos dos criterios tienen tres consecuencias pastorales urgentes:

— desarrollar una pastoral en clave vocacional. “Es muy importante explicar que, solo en la dimensión vocacional, toda la pastoral puede encontrar un principio unificador, porque en ella encuentra su origen y su cumplimiento… El objetivo de la pastoral es ayudar a todos y a cada uno, mediante un camino de discernimiento, a alcanzar la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo” (DF 139).

— potenciar una eclesiología misionera. “Solo una comunidad unida y plural sabe proponerse abiertamente y llevar la luz del Evangelio a los ámbitos de la vida social que hoy nos desafían: la cuestión ecológica, el trabajo, el apoyo a la familia, la marginación, la renovación de la política, el pluralismo cultural y religioso, el camino hacia la justicia y la paz, el mundo digital. Esto ya está sucediendo en las asociaciones y movimientos eclesiales” (DF 132).

— y vivir la comunión eclesial, cuya fuente y culmen es la Eucaristía, que se manifiesta particularmente en el Domingo, día del Señor y de la Iglesia. “La Eucaristía dominical, congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios entorno a la mesa de la Palabra y del Pan de vida, es también el antídoto más natural contra la dispersión. Es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a través de la participación eucarística, el día del Señor se convierte también en el día de la Iglesia, que puede desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento de unidad” (NMI, 36).

 

Todo ello, en el contexto de la vocación como camino de santidad, como fruto del Espíritu Santo en nuestras vidas y en nuestras comunidades, porque toda vida es misión. El Papa Francisco nos llama personalmente a ello: “tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Inténtalo, escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él te da. Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy” (GE 23).

PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN

 

Teniendo en cuenta los dos criterios propuestos –fortalecer una antropología laical y avanzar en una eclesiología misionera–, respondamos a las siguientes preguntas

Nombre y Apellidos

Parroquia/Movimiento

Número de participantes que habéis hecho la reflexión

Correo electrónico

4. ¿Qué obstáculos encontramos para la vivencia plena de nuestra vocación?

5. ¿Qué procesos hemos de impulsar para cumplir con la misión a la que estamos llamados?

6. ¿Cómo responder y afrontar los desafíos que nos plantean las respuestas a las dos preguntas anteriores?

Las respuestas al cuestionario pueden ser enviadas hasta el 27 de octubre de 2019

TERCERA REUNIÓN: ELEGIR CAMINOS DE RESURRECCIÓN

 

En primer lugar hemos querido reconocer la realidad del laicado en nuestra Iglesia y después intentado iluminar esta realidad con la antropología laical y la eclesiología misionera; ahora nos toca elegir algunos caminos de resurrección que conduzcan al anuncio y a la misión.

 

A tal fin, por su carácter sugerente y por presentar de manera ordenada los cuatro aspectos básicos que hemos de tener presentes en el desarrollo de nuestra tarea evangelizadora, seguiremos el esquema de la tercera parte del documento final del Sínodo sobre los jóvenes, organizado alrededor de cuatro núcleos: la sinodalidad como elemento constitutivo de la Iglesia, la misión como llamada, la vida cotidiana como horizonte y la formación como estrategia fundamental.

Sinodalidad

La sinodalidad es el camino que la Iglesia del siglo XXI está invitada a transitar. Estamos llamados a recorrer la senda del caminar juntos. Entre las perspectivas que podemos abordar sobre la sinodalidad queremos destacar las siguientes:

— Cuidar las relaciones. “En las relaciones —con Cristo, con los demás, en la comunidad— es donde se transmite la fe. También con vistas a la misión, la Iglesia está llamada a asumir un rostro relacional que ponga en el centro la escucha, la acogida, el diálogo, el discernimiento común, en un camino que transforme la vida de quien forma parte de ella… Así, la Iglesia se presenta como “tienda santa” en la que se conserva el arca de la alianza (cf. Ex 25): una Iglesia dinámica y en movimiento, que acompaña caminando, fortalecida por tantos carismas y ministerios. Así es como Dios se hace presente en este mundo” (DF 122).

— Estimular la participación y la corresponsabilidad, con el deseo de evitar el clericalismo. Al comienzo de su pontificado, el papa Francisco decía en la exhortación postsinodal Evangelii gaudium que “Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados. Ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia. Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la catequesis, la celebración de la fe. Pero la toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes. En algunos casos porque no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros por no encontrar espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones. Si bien se percibe una mayor participación de muchos en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico. Se limita muchas veces a las tareas intraeclesiales sin un compromiso real por la aplicación del Evangelio a la transformación de la sociedad. La formación de laicos y la evangelización de los grupos profesionales e intelectuales constituyen un desafío pastoral importante. (EG 102).

— Proponer procesos de discernimiento comunitario. “La experiencia de “caminar juntos” como Pueblo de Dios ayuda a entender cada vez más el sentido de la autoridad en una perspectiva de servicio. A los pastores se les pide la capacidad de hacer crecer la colaboración en el testimonio y en la misión, y de acompañar los procesos de discernimiento comunitario para interpretar los signos de los tiempos a la luz de la fe y bajo la guía del Espíritu, con la contribución de todos los miembros de la comunidad, comenzando por los marginados. Responsables eclesiales con tales capacidades requieren una formación específica en la sinodalidad. Desde este punto de vista, parece oportuno estructurar itinerarios formativos comunes entre jóvenes laicos, jóvenes religiosos y seminaristas, en particular en referencia a temáticas como el ejercicio de la autoridad o el trabajo en equipo” (DF 124).

— La santidad es para todos. Otro ejemplo de sinodalidad lo encontramos en la llamada a la santidad en el contexto actual que propone Francisco en la Exhortación apostólica Gaudete et exsultate. “Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias para dedicar mucho tiempo a la oración” (GE 14).

 

Todo ello hemos de hacerlo en el contexto de la comunión, entendida como un gran don del Espíritu Santo que el laicado está llamado a acoger con gratitud y responsabilidad a través de la participación en la vida y misión de la Iglesia: “El fiel laico no puede jamás cerrarse sobre sí mismo, aislándose espiritualmente de la comunidad; sino que deber vivir en un continuo intercambio con los demás, con un sentido de fraternidad, en el gozo de una igual dignidad y en el empeño de hacer fructificar, junto con los demás, el inmenso tesoro recibido en herencia” (ChL 20). Y, sobre todo, teniendo presente que la evangelización tiene más que ver con la comunión que con la comunicación.

Llamada a la misión

A la hora de afrontar la misión a la que estamos llamados pueden iluminarnos las palabras que escribió el Papa Francisco en la carta que remitió al cardenal Ouellet con motivo del encuentro de la Pontificia Comisión para América Latina, el día 13 de marzo de 2017. En ella afirma que “muchas veces hemos caído en la tentación de pensar que el laico comprometido es aquel que trabaja en las obras de la Iglesia y/o en las cosas de la parroquia o de la diócesis y poco hemos reflexionado como acompañar a un bautizado en su vida pública y cotidiana; cómo él, en su quehacer cotidiano, con las responsabilidades que tiene se compromete como cristiano en la vida pública. Sin darnos cuenta, hemos generado una élite laical creyendo que son laicos comprometidos solo aquellos que trabajan en cosas de los curas y hemos olvidado, descuidado al creyente que muchas veces quema su esperanza en la lucha cotidiana por vivir la fe”.

 

La misión en nuestra sociedad tiene muchos retos. Este proceso que estamos recorriendo nos mostrará con claridad algunos de ellos: la familia como célula de la sociedad; los jóvenes; los niños y personas mayores; el ambiente digital; las migraciones; el papel de las mujeres en la Iglesia sinodal; ofrecer una palabra clara, libre y auténtica sobre sexualidad; los contextos interculturales e interreligiosos; el diálogo ecuménico; la precariedad laboral y la falta de trabajo; la polarización de la sociedad; las nuevas pobrezas y marginaciones; la manipulación mediática… “Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comunidad y atreverse a llegar hasta las periferias, que necesitan la luz de Evangelio” (EG 20).

 

La Iglesia quiere estar significativamente presente en nuestra sociedad. La mejor manera para escuchar a nuestros conciudadanos es estar allí donde se encuentran, compartiendo su existencia cotidiana. “La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo… Así redescubrimos que Él nos quiere tomar como instrumentos para llegar cada vez más cerca de su pueblo amado. Nos toma de en medio del pueblo y nos envía al pueblo, de tal modo que nuestra identidad no se entiende sin esta pertenencia” (EG 268).

 

“Una Iglesia que busca vivir un estilo sinodal no podrá dejar de reflexionar sobre la condición y el papel de las mujeres a nivel interno y, por ende, en la sociedad… Es preciso que mediante una obra valerosa de conversión cultural y de cambios en la práctica pastoral cotidiana se lleven a práctica las reflexiones ya realizadas. En este sentido, un espacio particularmente importante es la presencia femenina en todos los niveles de los órganos eclesiales, incluidos los cargos de responsabilidad, y la participación de las mujeres en los procesos de toma de decisiones eclesiales, respetando el papel del ministerio ordenado” (DF 148).

 

La Iglesia se compromete a promover la vida social, económica y política orientada a la justicia, la solidaridad y la paz. “Desde el corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse y desarrollarse en toda acción evangelizadora” (EG 178).

 

La familia es la primera comunidad de fe. “En la familia, que se podría llamar iglesia doméstica (LG 11), madura la primera experiencia eclesial de la comunión entre personas, en las que se refleja, por gracia, el misterio de la Trinidad. Aquí se prende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la propia vida” (AL 86).

La vida de cada día

Es en el caminar de cada día donde nos convertimos en testigos y heraldos del Evangelio en los distintos contextos. La misión nos lleva a la vida de cada día, a nuestro trabajo, nuestros estudios, nuestro barrio, nuestro pueblo, nuestra familia, nuestro tiempo libre… Es ahí donde nos jugamos la tarea evangelizadora que tenemos encomendada.

 

El Concilio Vaticano II, en AG 11, proponía algunas actitudes misioneras que siguen teniendo actualidad: cuidar las relaciones con los hombres y mujeres de este tiempo; implicarse en la transformación de la realidad; participar de la vida cultural y social; estar atento a los gérmenes de las semillas del verbo; despertar el deseo de la verdad; conocer a los hombres entre los que se vive; dialogar sinceramente; iluminar la realidad con la luz que da el evangelio.

 

Es tal la importancia que el Sínodo ha dado a las relaciones que afirma que “no basta, pues, con tener estructuras, si no se desarrollan en ellas relaciones auténticas; es la calidad de estas relaciones, de hecho, la que evangeliza” (DF 129). En este sentido se puede concluir que solo una pastoral que sea capaz de renovarse a partir del cuidado de las relaciones y de la calidad de la comunidad cristiana será significativa y atractiva.

 

Unida a este pastoral relacional y generativa está la importancia de la vida comunitaria. “Una Iglesia sinodal y misionera se manifiesta a través de las comunidades locales formadas por muchos rostros. Desde el comienzo la Iglesia no ha tenido una forma rígida y uniforme, sino que se ha desarrollado como un poliedro de personas con distintas sensibilidades, procedencias y culturas. Precisamente así ha demostrado llevar en vasijas de barro, o sea en la fragilidad de la condición humana, el tesoro incomparable de la vida trinitaria. La armonía, que es un don del Espíritu, no elimina las diferencias, sino que las une generando una riqueza sinfónica. Este encuentro en la única fe entre personas diferentes constituye la condición fundamental para la renovación pastoral de nuestras comunidades. Y esto repercute en el anuncio, la celebración y el servicio, es decir, en las áreas fundamentales de la pastoral ordinaria” (DF 131).

La formación

Otro de los grandes retos es la formación. Siguiendo la perspectiva de la sinodalidad algunas palabras sostienen los procesos de formación: formarse juntos, formarse desde la propia vocación, formarse para la misión.

 

Una formación entendida como continuo proceso personal de maduración en la fe y de configuración con Cristo, según la voluntad del Padre y con la guía del Espíritu Santo, necesario para vivir la unidad con la que está marcado nuestro propio ser como miembros de la Iglesia y ciudadanos de la sociedad humana (ChL 57 y 59).

 

Sinodalidad, misión, vida cotidiana y formación han de llevarnos a fortalecer en nosotros nuestro deseo de cambiar el mundo. No en vano, como indica el Papa Francisco, “una auténtica fe —que nunca es cómoda e individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos. Si bien «el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política», la Iglesia «no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia». Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor. De eso se trata, porque el pensamiento social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una acción transformadora, y en ese sentido no deja de ser un signo de esperanza que brota del corazón amante de Jesucristo. Al mismo tiempo, une «el propio compromiso al que ya llevan a cabo en el campo social las demás Iglesias y Comunidades eclesiales, tanto en el ámbito de la reflexión doctrinal como en el ámbito práctico»” (EG 150-151).

 

Esta misión nos corresponde en exclusiva a nosotros, que somos a quienes Dios ha querido situar en este momento histórico y en este lugar geográfico del mundo. “Los desafíos están para superarlos. Seamos realistas, pero sin perder la alegría, la audacia y la entrega esperanzada. ¡No nos dejemos robar la fuerza misionera!” (EG 109).

PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN

 

Sobre la base de lo que hemos visto y reflexionado en las preguntas anteriores, ofrezcamos propuestas –realistas y concretas– para responder a los retos y desafíos que se nos plantean en relación con las siguientes tres cuestiones:

Nombre y Apellidos

Parroquia/Movimiento

Número de participantes que habéis hecho la reflexión

Correo electrónico

7. ¿Qué cauces debemos potenciar para crecer personalmente y en la vida comunitaria?

8. ¿Qué podemos hacer para impulsar nuestra corresponsabilidad en los órganos de participación eclesial (Consejos de Pastoral, Consejos de Asuntos Económicos, Consejos de Laicos...)?

9. ¿Qué responsabilidades hemos de asumir como laicos para estar más comprometidos en el mundo (política, educación, familia...)?

Las respuestas al cuestionario pueden ser enviadas hasta el 27 de octubre de 2019

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies